Para bien o para mal, los niños imitan a los adultos. Casi sin darnos cuenta, sus miradas infantiles nos estudian y observan, adquiriendo actitudes, copiando gestos, asimilando palabras, expresiones e incluso roles. Está claro que nuestros pequeños nunca serán copias exactas de sus padres; sin embargo, la huella que dejamos en ellos suele ser decisiva.